Blog: como un niño con posts nuevos

Extracto de mi segundo intento de blog en solitario (el primero -sobre análisis político- corrió la misma suerte):

Bien. Por fin voy a poder escribir realmente sobre mí. Sin excusas que apelen al perfeccionismo y desde el más riguroso anonimato. Así es como se puede ser realmente sincero. Verdaderamente, lo que me interesa es ir teniendo un registro de los procesos mentales, de los estados anímicos. Un maldito diario personal, vaya, qué cursi me suena. Llevo toda la vida pensándolo, pero siempre me han distraído poderosas razones. Como la pereza mental (al estilo del Swan proustiano, que, de análoga manera, me ha protegido de diversos males-ya iremos viendo*), o un perfeccionismo que roza lo maniático. La maldita manía de esperar que todo lo que escribas sea ya literatura (cuyo recíproco maligno es leer casi estudiando). Otra de las constantes es la inconstancia. No es propiamente una forma de incongruencia (hay coherencia en el todo), solo una manera de trabajar del cerebro, episódicamente (otra manifestación de la defensa de Swan, inconsciente), incapaz de detenerse mucho tiempo sobre el mismo concepto. No se abandonan las ideas tiernas, solo se les deja tiempo para que maduren al calor de la inconsciencia, para saborearlas después en toda su amplitud. Tengo que decir que me gustan las ideas, signifique eso lo que signifique (me refiero a que puede ser una definición un tanto imprecisa, me gusta pensar).

Sobre todo, huir de la elaboración literaria como de la peste, al menos en este espacio. Para eso lo he creado. Cada cosa tiene su lugar. Fuera máscaras. Aquí no me tengo porque ocultar nada (que no quiera). El único tope sea el miedo. El miedo a uno mismo, qué cosa más horrible. Pero es así, ¿no? Hay cosas abyectas en mi interior que me gustaría poder ignorar, o no. Me vienen a la cabeza Schopenhauer e Ibsen. Del primero, me aterroriza el pensamiento de que la personalidad de uno es algo dado e inmutable, y la distancia de entomólogo que toma al describir el proceso de descubrimiento de la propia personalidad. Cómo un giro inesperado de los acontecimientos nos descubre cruelmente, en un segundo, un rasgo abyecto de nuestra personalidad. Siempre estuvo allí, eramos nosotros también esa miseria que solo aguardaba su oportunidad para manifestarse (by the way, cabe el diseño de un ambiente social propicio para la inhibición de-algunas-de las miserias del hombre? Por lo visto he tenido un resabio socialdemócrata-una de las cosas que más detesto, como se verá*-). Y, además, ha llegado para quedarse: si se ha hecho una vez, nos dice el sabio misántropo, solo es necesario que se repitan las condiciones detonantes para obrar exactamente de la misma manera. ¿Qué esperanza a la enmienda nos dejan estas ideas? De Ibsen, aparte de una obra en la que una personalidad -exterior- es revelada de una pieza en una conversación (y que altera de forma irreversible la percepción del otro), recuerdo la idea de que, a veces, es mejor no saber determinadas cosas de uno mismo, en aras de la salud mental (otra de mis obsesiones, como se verá también, espero*). En la obra que recuerdo, aunque ésto tal vez puede cambiar en otras que no haya leído, esta revelación de la miseria propia (bien que es cuestionable que sea ésta una misera moral, o simplemente derivada del tipo de vida que se lleva) es mediado por otros. A mí, sin embargo, me preocupa mucho más la eventual autocensura del detective más inquisitivo, conocedor del medio y contumaz que conozco: yo.

NB: Se han suavizado algunas expresiones malsonantes en atención al pudor del otro dueño de este garito.

*(Obviamente) Nunca se vio nada.

 

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