España, circa 2010

Contextualicemos. Cuando en 1991 se desintegró la Unión Soviética, tras largos años de lenta agonía, acabó el Siglo XX. Con él muere la gran oposición que vertebra la centuria: comunismo/capitalismo. En el mundo del siglo XXI hay solo una gran superpotencia (USA), un hombre enfermo e irresoluto (Europa), un clérigo medieval (el orbe islámico), y un gigante despótico que aspira a ingresar en la primera división con un sistema político metaestable heredado del siglo XX (China). Es asombroso ver lo rápido que se ha extinguido la aurora roja, en apenas 20 años, en los corazones proletarios. El espectáculo anacrónico que ofrecen los restos del naufragio paleocomunista en la Europa occidental producen extrañeza y, la mayor parte de las veces, lástima. Los reformistas han ganado la partida, la revolución no era el camino. Las derechas, tanto tradicionalistas como liberales, no se han movido ni un ápice de su posición, tan solo se han adaptado a la nueva situación. La socialdemocracia occidental ha ocupado el espacio de los comunistas, su reformismo ha ahondado en las ideologías o pensamiento débil: feminismo, ecologismo, discriminación positiva, indigenismo y relativismo cultural. Es la época de la mala conciencia del poderoso, de la deconstrucción del poder tradicional: Foucault pasado por la inversión de Nietzsche.

España es un país de pura ideología, vive en un perpetuo encantamiento en el que la realidad siempre está al servicio de la ficción, de la ficción ideológica. Está continuamente dividido, por clases, por regiones, por religión, sometido a una burocracia atroz. La opinión que tiene de si mismo oscila entre la exaltación ridícula y el más profundo autodesprecio. La moderación y la sensatez son virtudes raras, casi extraordinarias. Las grandes tensiones ideológicas entre las izquierdas y las derechas, tan presentes durante el franquismo, se han diluido progresivamente sin que por ello disminuyera la tensión política entre ambos bandos. El modelo económico no se discute, capitalismo a la española: ladrillo y playa. Los grandes partidos de ámbito estatal acumulan en su acervo despropósitos y corruptelas como para acusar y ser reconvenidos cíclicamente en una eterna y estéril letanía que pretende suplantar al debate nacional. Quedan escollos: la Iglesia y, sobre todo, la articulación territorial del estado. Esta última cuestión se ha convertido en la piedra de toque de la política nacional. España es un estado débil, con residuos feudales: no completó en su momento la homogeneización propia de la industrialización burguesa del s. XIX. Hace más de dos centurias que no hace la guerra como un todo contra un enemigo exterior, descontando escaramuzas ridículas y vergonzantes. Los movimientos nacionalistas son fuertes en sus territorios y se ven favorecidos por la aritmética parlamentaria y la aquiescencia de los grandes partidos. España no se rompe, se deshace lentamente como un azucarillo erosionado por la saliva nacionalista. Los nacionalismos en España han sido tradicionalmente asunto de las derechas: xenofobia disfrazada de renacimiento cultural y regeneración de la España atrasada y secular al servicio de la emancipación económica de las burguesías locales. Las izquierdas del XIX y XX, a su manera, eran también defensoras de la cuestión nacional pero nunca como un fin en si mismo, sino solo como un medio para destruir el capitalismo y restaurar, sin solución de continuidad, la inevitable paz entre las diversas repúblicas socialistas federadas. Las izquierdas heredaron del franquismo una aversión visceral al nacionalismo español en su versión católico-tradicionalista, y una visión heroica y romántica de los nacionalismos periféricos de corte xenófobo y profundamente derechista. Desparecido el socialismo real como aurora roja en el horizonte, los nacionalismos de corte marxista olvidaron el carácter meramente instrumental de la cuestión nacional para sacralizarla, llegando incluso a introducir la liturgia de la sangre en algunos casos. En España hay una masa crítica que se opone al nacionalismo separatista: los nacionalistas españoles y los que creen que el estado, heredero de la revolución francesa a través la Pepa y la Transición, es, ora el mejor garante de sus derechos y libertades individuales, ora la mejor plataforma política para el desarrollo de su prosperidad cultural y económica. Esta realidad social no se ve, no obstante, reflejada por los partidos mayoritarios, siempre esclavos de la gobernabilidad e incapaces del acuerdo, proclives a los arrumacos electorales con los nacionalistas de su cuerda. Se aplican la máxima de los servicios secretos norteamericanos durante la Guerra Fría con respecto a las pequeñas dictaduras o satrapías aliadas en el tablero de juego: puede que sean unos hijos de puta, pero son nuestros hijos de puta bisagra.

NB: este texto fue escrito hacia 2010

 

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